EL BAR

CINE \\ El Bar (Álex de la Iglesia, 2017) \\ El ángel extermineitor (por Damo).

“El camino del hombre recto esta por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que en nombre de la caridad y de la buena voluntad saque a los débiles del valle de la oscuridad. Porque él es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y les aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es el Señor, cuando caiga mi venganza sobre ti!”, sermoneaba Jules Winnfield cada vez que estaba por matar a alguien en “Pulp Fiction”. Algo similar sucede aproximadamente cada 10 minutos en “El Bar”, la nueva incursión cinematográfica del bilbaíno Álex de la Iglesia. Cada vez que el vagabundo alcohólico y mesiánico Israel (sic) (Jaime Ordóñez) abre la boca, esputa frases bíblicas grandilocuentes sin sentido para juzgar a los otros clientes habituales del bar regenteado por Amparo (la eterna Terele Pávez).

Las mejores películas de Alex de la Iglesia recorren la cuerda floja entre exceso y control. Detrás de todo el caos, la mano tranquilizadora y firme del director puede ser percibida. Pero durante la mayor parte de su excesiva duración, “El Bar” se la pasa en caída libre, posiblemente por un guión perezoso que, después de la primera media hora, se encuentra en un laberinto autoimpuesto del que no puede salir, al igual que sus personajes. En varias entrevistas, de la Iglesia citó muchas veces a  John Carpenter y Luis Buñuel como inspiración para esta película, y si “El Bar” hubiese sido capaz de capturar un poco de suspenso existencial, podríamos haber estado viendo algo especial. Pero no. “El Bar” es el equivalente cinematográfico de un adolescente borracho y molesto en un boliche, que no se calla y no te deja ir a casa.

La llamativa secuencia de créditos, con bacterias magnificadas, indica una profundidad, oscuridad e interés que la película nunca logra. Como dijimos, Amparo es la dueña del bar titular en el centro de Madrid con su apacible ayudante Satur (Secun de la Rosa). También está allí el publicista hipster Nacho (Mario Casas), dos tipos maduros, el policía retirado Andrés (Joaquín Climent) y Sergio (Alejandro Awada, haciendo un espantoso acento español. Yo casi no lo entiendo hablando en castellano, imaginenlo diciendo frases como “puta hostia”), la ama de casa nerviosa y adicta al juego Trini (Carmen Machi) y el ya mencionado indigente Israel. Pronto, se les une la elegante y atractiva Elena (Blanca Suárez), que está claro que realmente no pertenece en ese lugar. Ella es un soplo de aire perfumado en este medio degradado, algo desbordado y probablemente maloliente.

Un hombre sale del bar e inexplicablemente es asesinado a tiros en la calle, así como también lo es el basurero honesto que se apresura a ayudarlo. Todos los demás quedan atrapados, comprensiblemente temerosos de irse. Un hombre grotescamente obeso es encontrado muerto en el baño después de inyectarse algo. Las noticias de la TV no ofrecen señales claras, y los rumores comienzan a circular dentro del bar. Misteriosamente, los cuerpos que estaban afuera desaparecen, y en poco tiempo los personajes se encuentran en un ciclo fuera de control de teorías conspirativas, extendiéndose como las bacterias malévolas de los créditos.

Tal vez pensemos con optimismo que estamos viendo una sátira sobre las incertidumbres existenciales que el terrorismo ha traído a nuestras vidas últimamente, con el bar como un microcosmos de una sociedad manipulada y alimentada por sus miedos irracionales del terrorista interior. La sátira extravagante es, después de todo, el sello distintivo de de la Iglesia. El grupo opta por la improbable teoría de que han sido infectados con un virus transportado por el hombre obeso. Algunos de ellos bajan al sótano, y en aproximadamente este punto “El Bar” hace lo mismo, abandonando cualquier buena intención que pueda haber tenido. De repente, se convierte en un asunto infantil, chillón, sudoroso y caricaturesco. Puede que haya un punto satírico en tener un fundamentalista cristiano trastornado persiguiendo a sus víctimas a través de túneles fétidos y húmedos, pero si lo hay, se ahoga por todo el ruido visual y verbal.

Ningún personaje se destaca porque son un rejunte de estereotipos. En un momento, Andrés y Sergio tienen una breve y tranquila conversación. Dura sólo unos segundos, pero durante ella estos dos hombres de mediana edad revelan sus inseguridades, y sus vidas frustradas se abren frente nosotros. Es la mejor secuencia de “El Bar”, y la única como ella. Parece venir del corazón, y bastante fuera de la zona de confort para una película de Álex de la Iglesia, mostrando que este director prodigiosamente dotado, si quisiera, podría estar haciendo una película mucho más gratificante.

Pensándolo un poco, creo que “El Bar” podría ser el hombre malo, y yo ser el hombre justo, y este artículo podría ser el pastor que proteja mi justo culo en el valle de la oscuridad. O podría ser que Álex de la Iglesia sea el hombre justo, “El Bar” sea el pastor y el mundo sea malo y egoísta. Me gusta eso. Pero esa mierda no es la verdad. La verdad es que “El Bar” es el débil, y el cine es la tiranía de los hombres malos. Pero seguí intentando Álex, seguí intentando muy duro para ser el pastor.

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