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CINE \\ Wiener-Dog (Todd Solondz, 2016) \\ Perra vida (por Rifle).

En mi humilde opinión (que es más opinión que humilde, para qué negarlo) el cine de Todd Solondz está severamente infravalorado.

Es verdad que goza de cierto prestigio entre una buena parte de la población mundial que sufre de cinefilia (esa enfermedad que ataca ferozmente y destruye el tiempo libre y la capacidad visual de sus víctimas), pero no considero que ese prestigio de autor de culto refleje del todo el abanico de virtudes del director, cuya amalgama no es tan corriente de encontrar en la obra de un solo tipo.

¿A qué virtudes me refiero?

Por un lado, para lograr su estética característica, Solondz suele trabajar con directores de fotografía experimentados (Frederick Elms, Edward Lachmann, en sus últimas pelis), y en colaboración con ellos logra conjurar un color y una belleza casi pictórica, digna de la estética que hizo famoso (y rico, y aclamado), por ejemplo, a Paul Thomas Anderson.

También tiene la costumbre de armar elencos sólidos, que juntan algún nombre importante (en este caso, en particular, pueden ser Danny DeVito y Julie Delpy), con otros grandes actores y actrices, que, ya sea porque nunca (o aún no) llegaron a ser propiamente estrellas de Hollywood o porque alguna vez lo fueron y ya no lo son, usualmente califican como de segunda o tercera línea para la consideración del mainstream (Ellen Burstyn, Greta Gerwig), aunque usualmente cuentan con trayectorias importantes en la escena del cine (conocido como) independiente (pero que es más Off-Hollywood que realmente independiente), con menor cartel que las pelis de los Oscars, pero con una distribución relativamente buena dentro del circuito de festivales.

Pero lo que más me gusta de las películas de Todd Solondz es que reflejan la propensión del director por levantar la figurativa alfombra de la vida cotidiana y sacar al sol todo lo que la sociedad barre ahí debajo como si fuera basura, y que en realidad son vidas de seres humanos, como ustedes y como yo. Me resulta admirable la capacidad del director de abordar los temas más complicados, como la pedofilia, la muerte, el racismo, la decadencia de la vejez y la dura vida de los perros salchicha, sin perder el sentido del humor (negro) que muy poca gente en el submundo del cine de EEUU, independiente o no, se permite usar con tanta soltura (como excepción honrosa, pienso en John Waters, otro levantador de alfombras compulsivo).

Wiener-Dog tiene todos los elementos reconocibles en la filmografía de Solondz pero, además, creo que el tiempo y la experiencia (experiencia como realizador, pero supongo que también experiencia de vida) le agregaron a la obra reciente del director una dimensión nueva, en la que la ternura finalmente es un bien distinto de la ingenuidad y cobra un sentido importante en el relato, como un descanso entre la sucesión constante de desdichas que componen las vidas de sus personajes.

No es que Wiener-Dog sea una película optimista, ni mucho menos, pero tampoco tiene un mensaje necesariamente derrotista, sino que simplemente presenta una visión de la subjetividad humana como la mezcla imperfecta, dolorosa y sumamente graciosa, de tan grotesca, de las emociones individuales que, en su conjunto, le dan forma al mundo que conocemos, tal cual lo conocemos. A Solondz, como al mundo: se lo toma como es, o se lo deja.

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